
El camino del filósofo no es fácil, aunque ciertamente, tampoco lo es la vida. La andanza comienza con el interés, con el sentirse diferente, las dudas en la mente, el afán por proponerse retos, de superarse, de saber, de sentirse libre. Pero sobre todo comienza por las desmesuradas ganas de conocer, conocer todas las respuestas posibles a lo que Savater llamaba "Las preguntas de la vida". Es la INQUIETUD con mayúsculas la que lleva al filósofo a encaminar su vida al estudio de la misma vida.
Es bonito el comienzo, es hermoso descubrir que tu interior no está vacío y que una fiera ruge en tu alma porque tiene hambre de sabiduría. Pero dura poco lo bonito, dura poco el espejismo, y se rompe cuando decides anunciar en público que tu intención es dedicarte a la filosofía. Tú, la primera vez, lo comentas orgulloso, esperando incluso la admiración de algún cercano, pero tan solo encuentras miradas de...¿incredulidad?,¿mofa?,¿desprecio?, ¿pena incluso? Sí, te encuentras con caras raras que no se pueden interpretar muy bien, y comentarios que de una manera u otra intentan de algún modo conseguir que te sientas como una especie de demente, de loco que no sabe lo que quiere en la vida.
Pues sí señores, pues sí, LA FILOSOFÍA ES LA LOCURA DE LOS CUERDOS. Así la defino yo, y yo sí estoy orgulloso de haber comenzado el intrépido viaje sin rumbo que acabará no se sabe dónde. La vida del filósofo es especial, diferente a todas las demás posibles, si bien cabe decir que hay filósofos, y filósofos. Hago esta distinción entre dos tipos: los filósofos propiamente dichos, y los locos. Los filósofos propiamente dichos serían aquellos que realizan su licenciatura o grado o cómo quieran llamarlo de filosofía, y más tarde acaban dando clase en institutos o en universidades, sin más interés filosófico que el de dar clase a sus alumnos. En la mente de estos tipejos o tipejas todo es estricto, hacen lo que deben hacer y no tienen más preocupación existencial que esa, la de realizar la tarea de la enseñanza siguiendo las normas estipuladas. No critico a estos filósofos, me parece absolutamente correcto, pero no quiero acabar así.
Yo quiero entrar en el segundo grupo, en el de los locos, en el de la locura, donde se vive con afán de conocer, de conocer la realidad, o la fantasía, de comprender de verdad para qué coño estamos aquí. Quiero hacerme preguntas tan tontas que parezcan absurdas, quiero pasarme el día fantaseando con ideas tan ilógicas que empiecen a tratarme como un loco, quiero llegar a viejo y creerme un joven, porque mi mente estará tan activa como la de un adolescente en plena crisis existencial. Quiero tener un aspecto que me haga parecer raro, quiero conocer tanto que mi mente se vuelva loca, loca de sabiduría. Ya lo decía Aristóteles, que "no hay genio sin un grano de locura".
Y por qué no, también quiero ser profesor, de instituto, o de universidad, o de gente de la calle, o de la cárcel, me da igual. Pero no un profesor rígido como una estatua, obediente, no. Quiero ser un profesor loco, que se rían de mí por el pasillo, pero un profesor que entre a clase y sea capaz de transmitir a sus alumnos el verdadero sentimiento de la filosofía, de la vida, de ese afán por conocer y por cuestionarnos cosas que merece la pena cuestionarse, porque el mundo se está volviendo un amasijo de tecnología monotorizado sin conciencia, y verdaderamente creo que la única solución a esta catástrofe que se avecina, al Apocalipsis, es la FILOSOFÍA.
Vamos hermanos filósofos, alcemos el puño revolucionario de la sabiduría, del conocimiento y de la autoconciencia para ser críticos con el mundo actual y no dejar que nos engañen y nos manipulen. Brindo esta noche por el camino del filósofo.
Para terminar, cito a dos grandes que supieron plasmar muy bien la idea que quiero transmitiros:
"No ha habido hombre de genio extraordinario sin una mezcla de locura". Séneca
"Para obtener éxito en el mundo hay que parecer loco y ser sabio". Charles Montesquie